Texto: Guillermo Santos
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El Taller de afelpado del Centro de las Artes de San Agustín es un laboratorio textil como muy pocos en México; en él se están llevando a cabo —como ciertamente lo señala su nombre—experimentaciones visuales por parte de distintos artistas, entre los que podemos contar a autores como Doctor Lakra, Jan Hendrix o Trine Ellitsgaard. La presente exposición da cuenta del trabajo de dos autores oaxaqueños en el taller: Francisco Toledo (1940) y Sabino Guisu (1986).

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Resulta interesante para cualquier espectador sospechar las relaciones que guardan dos autores cuyo trabajo mayoritariamente se ha dado en nuestro estado, pero cuya repercusión ha trascendido más allá. Se ha mencionado constantemente la influencia de Francisco Toledo sobre una pléyade de artistas de Oaxaca (y no solamente en cuanto a la estética sino a la contribución social de su arte, que podríamos considerar en muchos sentidos humanista). Algunos autores han emulado su estilo o, sencillamente,  lo han rechazado de modo tajante (sin por ello tener alguna repercusión creativa importante); justo sería decir que esta es una de las pocas veces en que maestro y alumno se reúnen bajo el mismo techo y entablan una conversación simbólica, pues para nadie es un secreto que el trabajo de Sabino ha sido influido por Toledo, y no sólo por las conversaciones o los consejos que le ha prodigado, sino porque precisamente el IAGO, como centro de estudio y colaboración, comienza a expresar su potencia como espacio generador de artistas e intelectuales.

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El fieltro es una de las bases del trabajo llevado a cabo en el Taller de afelpado; se trata de una técnica textil en la que las fibras (de ovejas, en este caso) son prensadas, creando así ciertas superficies de enorme riqueza al tacto. Se puede rastrear el fieltro por diversos territorios y épocas, siendo un elemento primordial para diversas culturas, como la mongola, la turca o la tibetana (aunque también lo hay producido industrialmente). El afelpado ocupa un lugar importante en ciertas imágenes de la exposición, como el cordero apocalíptico de Sabino y las orugas que aparecen en algunas piezas de Toledo; se trata de una técnica textil en la que agujas atraviesan fibras para crear abultamientos y concreciones, dando lugar a diversas tridimensionalidades. Así pues, en Afelpados podemos encontrar piezas llenas de sentido, diseños que podríamos comentar sin más hasta el infinito y que, tanto en el fondo como en la forma, tienen una importante aportación estética, pues aunque en México exista una tradición evidente del arte y la artesanía textil lo que se trabaja en San Agustín Etla tiende al cuestionamiento de la tradición.

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El mundo de las abejas ha sido retomado en diversas ocasiones por artistas, escultores, arquitectos, poetas; pero cada vez que un autor con cierto ingenio se aproxima a sus formas, algo interesante ha ocurrido. Me parece una obsesión legítima la de Sabino con respecto a su apreciación de las formas apicultóricas que recrea y modifica. Ha creado Sabino ciertas piezas que asombran por su curiosa exaltación de lo complejo en lo simple: Dead Honey es ejemplo de ello, un cráneo humano recubierto de celdillas y miel (como discutiendo los de Damien Hirst y Gabriel Orozco, pero recordando también prácticas precolombinas). Aquí ha preferido trabajar con artesanos de Teotitlán del Valle y el Taller de afelpado para crear los tapetes Miel Negra y Gotapanal, que reivindican sus predilecciones por la geometría hexagonal de las abejas. A la par, el artista se ha valido del afelpado para dar forma sus visiones apocalípticas: una posible lectura aseveraría que tanto el chivo de siete ojos como la onda expansiva genera una bomba atómica son escenarios intercambiables: hablan de un periodo en el que ciertas cualidades del hombre, y la humanidad misma, llegan a su fin. Aunque se trata de pocas las obras de Sabino aquí expuestas podemos sospechar a través de ellas cómo confluye lo erótico y lo tanático en su obra; cómo luz y color se reúnen con la oscuridad para crear imágenes memorables.

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Tradición y vanguardia pueden conjugarse en esta exposición. Tradición, porque ambos autores trabajan con figuraciones que podrían denominarse míticas, donde las imágenes animales —que pueden estar ocultas en la mente de todos nosotros— son elementos esenciales de sus preocupaciones estéticas; vanguardia,  porque ambos autores van más allá de la forma y tratan de renovar el sentido que tenemos de lo textil, cuestionando precisamente nuestros conceptos y aportando nuevas imágenes a nuestro imaginario.

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