Texto: Guillermo Santos. Fotografía: Archivo Judi Ross.

Cuando uno observa una obra de arte piensa también en desde qué punto o a través de qué perspectiva podríamos abordarla. Imagino, quizá, que este ejercicio se parecería a invadir una ciudad amurallada. Pero a una pieza artística no se entraría por sus puntos más débiles, sino al contrario. Uno tendría que ir en busca de una descripción que fuese fidedigna, una idea que atravesara la obra pero que no la destruyese. Una imagen próxima al sentimiento que nos provocó “estar ahí”.

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¿A qué se parece “A blanco vivo”, la pieza (o conjunto de piezas) que da nombre a la exposición de Judi Ross que se presentó en la Biblioteca Henestrosa a principios de año? En lo primero que pensé fue en los corales. Por varias razones que tienen que ver con su constitución orgánica. En Historia natural (1801), fray Juan Navarro pensó en los corales como “árboles de piedra”, figuras caprichosas que tienen múltiples naturalezas. En el agua son de una forma, no paran de crecer—aunque muy lentamente—ni paran de moverse,  pero en el exterior cristalizan su figura, se convierten en veneno, en polvo; son “litondendros”, como lo bautizaron otros naturalistas, o como ya les nombraba Dioscórides en el siglo primero de nuestra era.

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No dejé de pensar en los corales porque al mirar las piezas de cerámica blanca—tendidas como una red de lirios sobre el piso de la sala de exposición—y la instalación de sonido y luz que evocan un nacimiento de aguas, creí observar precisamente una serie de imágenes que dan la perspectiva de un movimiento perpetuo. ¿Qué podría moverse sin fin pero de manera sutil, casi imperceptiblemente? Sólo las plantas, que crecen sin ningún miramiento ni ningún obstáculo. Según dicen la historia tampoco ocurre ante nuestros ojos, sino que ya ha pasado cuando la sospechamos.

Me causó una cierta alegría el esmero con que cada una de estas piezas está elaborada, y cómo, finalmente, crean un islote que se extiende y que parece crecer y crecer, generando una idea de infinitud. Ross, acaso como cualquiera que tenga afanes naturalistas, sabe que ciertas figuras jamás se extinguen ni se detienen—como las flores, cuyas formas y variedades están lejos de ser determinadas—, pero como artista piensa, también,  en que es posible ofrecer una imagen fugaz de la belleza. Esa imagen está en cada hoja, en cada corola y en todas partes de esa acumulación.

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El sentido de esta obra se extiende también hacia la izquierda, en el muro perpendicular. Donde se convierte en una especie de planta trepadora. “Reclamo” se llama la pieza siguiente, la que capta en segundo término la mirada. Allí las flores se distinguen con mayor claridad, pues en “A blanco vivo”  las figuraciones están pensadas en tanto sus posibles variaciones—allí Ross ensaya una y otra vez sus diversas formas, pero en “Reclamo” las flores adquieren una cierta especificidad  y sirven para orientar un pensamiento que trata de hacerse crítico y traspasar la emotividad. Las aves y las flores están representadas porque quizá sea más sencillo para nosotros, tan olvidadizos y perezosos de nuestro entorno, encontrar la belleza animal en los libros y no en nuestras ventanas de la realidad. ¿Por qué nos parece portentoso una representación animal y no el animal mismo? Como si su lugar fuesen las láminas en los museos. De ahí, acaso, el nombre: “Reclamo”.

La última obra se llama “Siguiendo mi luna” —una serie de aves de cerámica—que, en vez de pender del techo se adaptan al muro, y  cuya dirección parece contraria a la que constantemente siguen las parvadas. Aquí comienza a disiparse la materia, a separarse cada ave como en un ciclo de evaporación.

En Cultura y valor Ludwig Wittgenstein aseveró que “hay pensamientos que siembran y pensamientos que cosechan”. Creo que en esta exposición de Judi Ross ocurre algo similar. Sobre todo por una razón: creo que este conjunto de piezas armónicas son, sobre todo, una concreción del trabajo que Ross ha realizado durante los últimos años. Concreción, sí, porque  sospecho que esta exposición pone de relieve un conjunto de nociones que venían trabajándose pero que ahora se resuelven.  Por ejemplo, el paso del dibujo de las formas —florituras a blanco y negro— que se convierten, en la presente exposición, en cerámica. No ya imágenes sino piedras con formas caprichosas. La obra en su  conjunto sostiene una preocupación naturalista que se presenta a través de cerámica blanca, collage e instalación. Y cada conjunto parece establecerse frente al otro como contrapeso. Logra un conjunto de piezas que rara vez alcanzan un notable equilibrio; algo a lo que contribuyó la iluminación y el espacio, ni muy grande ni pequeño.  Lo que ocurre pocas veces con las galerías de Oaxaca donde sólo cambia la obra pero el espacio queda inalterado. Diríase que todo se volvió orgánico. Ross prefirió la discreción y la sobriedad de los materiales utilizados más cercanos al silencio que al almanaque de ruidos que se suelen utilizar en las obras contemporáneas.

El naturalista propone órdenes. Pero el artista propone que esos órdenes no son definitivos; los márgenes entre una y otra figura natural son puestos en interrogación. Acaso, lo que ocurre es que la naturaleza burla la inteligencia humana y se compone y recompone, impidiendo que el hombre, limitado como es,  de cuenta de una figura total y esté siempre persiguiendo fragmentos. Pero el hombre, necio como es, no deja de colocar alfileres sobre las hojas, intentando captar, captar y mostrar a los otros  sus pequeños descubrimientos.

Ross ha estado buscando, constantemente, una representación artística de ciertas figuras que están inspiradas en el mundo natural. Para ello se ha valido de reinterpretaciones del paisaje que ha trabajado como instalación (como en Paisaje Azul) o cúmulos de organismos vegetales (Clocca Nutrie).También ha sospechado que todo descubrimiento natural incluye el movimiento, y volcó sus esfuerzos en una serie que de postales que configuran un almanaque de mapas y mariposas (Papillio I y II). Como ciertos viajeros, Ross quiere captar el latir del mundo y, a veces, dichos movimientos se hallan transforman o en organismos discretos. En rutas inexistentes. Y en espacios que requieren ser observados dos veces.

Creo que para Ross es muy importante salir de la cotidianeidad y ruido del mundo cotidiano, y buscar  o proponer una invención que en algo contribuya a la historia de la naturaleza en el arte, pero siempre pensando al ser humano como parte de ella, tratando de equilibrar lo racional con lo puramente emotivo. Aunque no aparezca representación de persona alguna dentro de su trabajo podría verse como el relato espejo de nuestros sentimientos, una biografía llena de paradojas y silencios, que busca, como siempre, su completitud.

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Anotaciones acerca de A blanco vivo, de Judi Ross.

Texto: Guillermo Santos. Fotografía: Archivo Judi Ross.

When you look at a work of art it is important to think from what point or perspective we can deal with it. I imagine, perhaps, that this exercise would seem like invading a walled city. But one does not come to an artistic piece through their weakest points but, on the contrary, one would have to go in search of a description to be accurate, an idea that crossed through the work but not destroy it in the process. An image that provokes the next feeling to “be there”.

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What does “A blanco vivo” look like?: the piece (or assembly of pieces) that gives its name to the exhibition that Judi Ross presented at the Biblioteca Henestrosa earlier this year. The first thing I thought of were corals, for various reasons to do with their organic constitution. In Natural History (1801), Fray Juan Navarro thought corals were “stone trees”, whimsical figures that had multiple natures. In the water they have one form, they do not stop growing – albeit very slowly – or stop moving, but outside of the water their figure becomes crystallized, can be made into a poisonous powder; they are “litondendros” as christened by other naturalists, or as we named them Dioscórides in the first century of our era.

I did not stop thinking about corals because when looking at the white ceramic pieces – stretched out like network of lilies on the floor of the showroom – and installation of sound and light both evoke a birth of water. I thought I observed the precise series of images that give the perspective of perpetual motion. What could move endlessly but subtly, almost imperceptibly? Only plants that grow unceremoniously without any obstacle. According what we are told nothing happens before our eyes, but rather it happens when we are least expecting it.

I felt some joy in the care with which each of these pieces is made, and how, finally, they create an island that extends and that seems to grow and grow, creating a sense of infinity. Ross, perhaps as naturalist knows, is aware that certain figures never die out or stop growing and changing: flowers whose forms and varieties are far from determined. But as an artist knows, too, it is possible to provide an image of fleeting beauty. That image is in every leaf, every corolla and everywhere in that accumulation of parts.

The sense of this work also extends to the left, on the perpendicular wall where it becomes a sort of climbing plant. “Reclaim” is the name of the next piece, which captures you on the second look. Here the flowers are distinguished more clearly but, as in “A blanco vivo” the figures are intended as possible variations – in the work Ross tested, again and again, its various forms but in “Reclaim” the flowers acquire a certain specificity and serve to guide one through a process that tries to be critical and to transfer emotionality. Birds and flowers are represented because it may be easier for us, so forgetful and lazy in our own environment, to find animal beauty in books and not in our windows of reality. Why does it seem portentous to represent an animal and not show the animal itself? It is as if his place were on sheets in museums. Hence, perhaps, the name: “Reclaim”.

The last work is called “Siguiendo mi luna” – a series of ceramic birds – that instead hanging from the ceiling, fit against the wall, and whose direction seems contrary to constantly following the flocks. Here matter begins to dissipate, to separate each bird as a cycle of evaporation.
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In Culture and Value Ludwig Wittgenstein said, “there are thoughts that sow and thoughts that reap.” I think in this exhibition of work by Judi Ross something similar happens. For one reason in particular: I think this set of harmonic pieces is, above all, a realization of the work that Ross has done in recent years. There is concreteness, yes, because I suspect that this exhibition highlights a set of notions that came from being worked but are now resolved. For example, the step of drawing the forms – the black-and-white florituras – that become, in this exhibition, ceramics. There are no images but stones with strange shapes. The work as a whole has a naturalistic concern that is presented through white ceramics, collage and installation. And each piece seems balanced against the others as a counterweight.

It is an achievement that a set of pieces rarely achieves such a remarkable balance; something contributed by both the lighting and the space, neither too big nor small. It rarely happens in galleries Oaxaca where the work changes but space the remains unchanged. It would seem that everything became organic. Ross chose the discretion and sobriety of the materials used which are closer to silence than the noise that is commonly used in contemporary works.

The naturalist proposed order. But the artist proposes that these orders are not final; the margins between the two natural suppositions are questioned. Perhaps, what happens is that nature mocks human intelligence, composed and recomposed, and preventing man, limited as he is, to account for the total figure and leaves him always chasing fragments. But man, foolish as he is, does not stop placing pins through leaves, trying to capture, recapture and show others their little discoveries.
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Ross has been seeking, constantly, an artistic representation of certain figures that are inspired by the natural world. For this purpose she has used reinterpretations of the landscape that have worked as an installation (as in Paisaje Azul) or clusters of plant organisms (Clocca Nutrie). Also, she has suspected all natural discoveries include movement, and has turned her efforts to a series of cards that make up an almanac of maps and butterflies (Papillio I and II). Like certain travellers, Ross wants to capture the heartbeat of the world and sometimes these movements are transformed or hidden in discrete bodies. Or in non-existent routes. And in areas that need to be observed twice.

I think it’s for Ross very important to get out of the routine and noise of the everyday world, and to seek or propose an invention of something that contributes to the history of nature in art, but while always thinking of the human being as part of it, trying to balance the rational with the purely emotional. Although there are no representations of any people within its work it can be seen as the mirror of our feelings, a biography full of paradoxes and silence, which is, as always, looking for completeness.