ANTONIO RAMOS REVILLAS. LOS ÚLTIMOS HIJOS.

LOS ÚLTIMOS HIJOSLos protagonistas se encuentran estancados en medio de un
difícil proceso de duelo a raíz de la pérdida de su hijo no nacido. Poco después, unos ladrones entran a la casa de la pareja, despojándolos de sus posesiones e invadiendo su intimidad,
sin escatimarles la más mínima humillación. Cada infortunio desencadena una serie de eventos que cambiarán radicalmente
no solo la vida, sino el alma de los personajes. El matrimonio adopta a un robot bebé que, en lugar de proveerles consuelo, los vuelve parte de un extraño grupo formado por otras parejas con hijos robóticos, niños que reciben en silencio sus mimos al tiempo que los liberan de sufrimientos y preocupaciones. En otro frente
de sus accidentadas vidas, con el fin de encontrar a los ladrones, contratarán los servicios de un autoritario detective privado dispuesto a sacarles todo el dinero posible. Los últimos hijos narra una historia dura, donde el desamparo y las falsas ilusiones obligan a los personajes a emprender una búsqueda para recuperar sus vidas.

Fragmento
Por unos metros, tal vez cien o doscientos, me fui atrás del caballo, alumbrándolo con los faros altos del coche. Oía el sonido metálico de las herraduras: dando una y otra vez, rítmicamente, contra el asfalto. Se veía muy delgado, joven, el aire agitaba sus crines cuando me le emparejé al animal sin saber qué decisión tomar. Ahora
iba a no más de cuarenta kilómetros por hora, al ritmo del potrillo. Trotaba con el hocico abierto, asustado, la lengua afuera. Sus ojos boludos y cafés. Esa mirada de terror que a veces surge en los animales. El golpeteo de las herraduras contra el asfalto era un estruendo sólido. Tenía el pecho ensangrentado, tal vez al pelear con la cerca del corral del que había escapado. Por el frío, de los ollares del animal salían exhalaciones en difuminadas manchas de vapor que se perdían en la noche. Pensé en la yegua que lo había perdido, en el granjero que lo echaría de menos; pensé en todos los potrillos que escapan sin saber para qué, para perderse en un mundo del que ignoran todas sus formas. Irene me pidió detenerme, que sacara al animal de la carretera pero, ¿qué ganaba con eso? Para qué. Atrás, no muy lejos, avanzaba el tráiler también a la espera de que dejara atrás al equino.

Pensé que eso éramos en ese momento: Irene y el bebé, yo: ese potrillo que avanzaba en la noche, asustado, empalidecido, con las luces blancas del tráiler, afiladas en sus costados, luz que mella la oscuridad, luz que viene tras de nosotros y que, en el concierto de la huida, alumbra metros y más metros de la carretera adelante para que el potrillo y nosotros pudiéramos mirar el borde sucio de la carretera y no nos cayéramos del otro lado de la noche. Irene insistió en que no lo abandonara, que nos quedáramos con él. En un par de horas ese potrillo se iba a cansar
y saldría de la carretera y se quedaría ahí, inmóvil, sin recordar siquiera que había corrido muy lejos de casa. Bajé la ventanilla; saqué el brazo para intentar rozarlo siquiera, quería raspar la piel pero el potro se abrió y empezó a trotar más rápido, cada vez más, el sonido de las herraduras, el aire frío en el rostro, así que aceleré suavemente. Decidí continuar. Atrás quedó el potro que se afanaba por alcanzarnos hasta que lo vi, por última vez, en el espejo retrovisor: caballo flaco de la noche, luminoso de la noche, caballo de la muerte en la noche hasta que las luces de los tráileres se comieron su pálida efigie y lo desaparecieron como si, al fin, lo hubieran atropellado. Un caballo de la noche con el pecho tinto en sangre.

LIBRERÍA LA VENTUROSA

PLAZA MAZARI. PORFIRIO DÍAZ 256, COLONIA REFORMA, LOCALES 23 Y 24.