BERNARDO ESQUINCA. CARNE DE ATAÚD.

ESQUINCA- Carne de ataud CAMISAEugenio Casasola, el protagonista de esta historia, perdió a su amor de juventud, la prostituta Murcia, a manos del asesino serial conocido como el Chalequero. Madame Guillot es la médium que lo ayuda a comunicarse con el espíritu de su amada, y quien lo lleva a conocer los secretos del Más Allá. Mientras tanto, la figura de Porfirio Díaz, a quien el pueblo llama el Dictador, el Déspota, para no pronunciar su nombre, se cierne sobre todas las cosas, como el ojo que todo lo ve, el juez y el verdugo de un país entero. En ese escenario se llevará a cabo
la búsqueda de un nuevo asesino que ha llevado más lejos el derramamiento de sangre, y Eugenio pronto se verá atrapado en una búsqueda de la verdad y en la lucha por su vida. La nueva novela de la Saga Casasola es una rareza en la continuidad de la serie, pues desarrolla la historia de un antepasado del periodista que hemos visto en acción en novelas como Toda la sangre. En ella encontraremos alianzas insospechadas, peligrosas investigaciones que auguran un atisbo de verdad, una venganza en nombre de un antiguo amor, amenazas que parecen provenir del reino de los vivos, pero también de un Más Allá desconocido y aterrador.

FragmenTo
Escribo rodeado de fantasmas. Es una cruel paradoja: durante años busqué contactarlos con poco éxito y ahora sus voces me atosigan. Una celda siempre será pequeña para albergar a un hombre y a los recuerdos que lo atormentan. Terminan por asfixiarlo, por disputarle cada bocanada y cada centímetro del espacio que cohabitan. Ahora lo sé: los muertos se alimentan del aliento de los vivos. Lo roban, no porque lo necesiten, sino porque son codiciosos. Como lo han perdido todo, sienten que lo merecen todo. Arrebatan como niños pero con la desespera- ción de los viejos –de los viejos perpetuos en los que se han convertido–, por eso son peligrosos. Su estrategia es dejarte exhausto, acosarte hasta que dejes de oponer resistencia. Y entonces te robarán todo lo que tienes, todo lo que les debes…

Los gritos y los aullidos de los internos no ayudan. Me confunden. En medio del atroz concierto que tiene lugar cada noche entre los muros de este manicomio, es difícil distinguir con claridad las voces de mis fantasmas. Lo que tienen que decirme. Y debo oírlos porque son ellos los que están contando esta historia. Por desgracia, al que escucho con menor frecuencia es al de Murcia. Siempre me fue esquiva, por más que Madame Guillot se esforzara, ella pocas veces vino a mi encuentro. Lo hizo cuando tenía alguna advertencia que hacerme. Me gusta pensar que eso, lejos de mostrar un desdén hacia mi persona, era una prueba de auténtico amor. Desde que llegué a este lugar, sólo una vez logré oír su voz. Y justo cuando me rendía al vértigo de sus palabras, la Bestia se acercó para ahuyentarla. Sus pezuñas rayaron las baldosas con un chirrido estremecedor. Se acercó más que otras veces a mi celda, lo suficiente para que advirtiera su enorme silueta en el corredor, y luego retrocedió. Todos mis fan- tasmas le temen. La Bestia lo sabe y ronda para mantenerlos alejados. No quiere que me digan sus mensajes, no le conviene que esta historia quede escrita. Cuando se aproxima, hasta la cera que he puesto en mis oídos se derrite. Sé que estoy a su merced, que mis probabilidades de derrotarla son mínimas. Pero seguiré luchando y convocando a las presencias. Mi epitafio debería decir: vivió persiguiendo fantasmas hasta que se convirtió en uno…

Siento la fiebre en mi cabeza, y gruesas gotas de sudor amenazan con borrar estas letras. Llevo días sin dormir. Quien sabe que va a morir ya no necesita el sueño. Ni el presente. Quien sabe que va a morir sólo vive en el pasado, y por eso se convierte en fantasma antes de tiempo.