Por Mariana Castillo Hernández

marcastillohernandez@gmail / @marviajaycome

El vaivén de ollas lleva ya al menos dos días en su ritmo in crescendo. Es 4 de febrero en el Palenque de la Candelaria, en Santa Catarina Minas, Oaxaca. Las cocineras, esas mujeres que siguen en los poblados ayudando a otras a alimentar en las fiestas, cuidan con paciencia sus ollas.

Coloradito con camarón seco y frijol blanco: ese podría ser el nombre de un planeta. Paula Ángeles y su edad incalculable gira esa pala de madera, mientras los asistentes al convite por el cuarto aniversario de este espacio de olor a maguey cocido comienzan poco a poco a llegar.

Zenobia, Francisca y más de treinta mujeres generosas alimentan más que el estómago: sus manos hablan una lengua especial que se traduce en delicias, que no son idílicas ni impolutas sino que cuestan trabajo, sudor, tiempo, risas, enojos y tristezas.

Esto es belleza y verdad como lo dijo aquel músico cercano de este tiempo sin tiempo. Ambas son transparentes y aperladas como ese mezcal de pechuga servido en carrizos. Golpes de vida en un instante. ¿Qué hacer ante eso?

Mientras algunos afuera ya bailan, ellas menean los guisos, comparten su vida, ríen y se cuestionan. Es el otro festejo en esa zona a la que pocos se acercan a platicar, agradecerles o reconocerlas.

Algunos hombres acomedidos ayudan a cargar lo hirviente para llevarlo a los comensales. Son compañeros y llevan mezcalito para la resistencia física y anímica: algunas aceptan, otras no. Están las que son más serias, las que explican todo y las que apapachan. Comerte un taco ahí te abre las puertas a entender sin palabras lo que es el sentido comunitario.

Sin ellas no habrían tortillas, de esas que se esponjan como nubes cuando el cielo se despeja. Sin su presencia tampoco quedarían saciados el hambre y el placer de comer eso que no existe en otro sitio. Esto es lo particular ante lo homologado, lo especial que es entrañable por cercano.

Alguien pasó con charolas llenas de vasitos de nieve. «Con el calor sí cae bien», dice Paula. En varios grupos, y a cucharaditas, este dulce es recibido con agradecimiento. Que si el hijo sigue trabajando al otro lado, que si no conocen a las nietos, que si ya las más jóvenes no ayudan como antes, que si la abuela ya no escucha bien…sus

voces siguen y le dan a esos platillos lo único necesario, un espíritu de sazón y de contexto.

Montones de chiles de agua rellenos, tortitas de papa, huevo con nopales y camarón seco, nicuatole de maíz amarillo y garbanzo en dulce son engullidos del otro lado. En mesas amplias filas y filas de convidados se sirven todo ese trabajo a cucharadas. ¿Sabrán todos que lo que están probando implica voluntad y trabajo arduo?

Quienes dicen que en lo tradicional no hay evolución y sabiduría no saben de lo que hablan: hay alquimias distantes a la tecnificación o los bienes de prestigio. Basta escuchar como logran servir tales cantidades de comida sin salarla, como multiplican el alimento para que nadie se quede sin él en este día de algarabía.

La comida y el mezcal son una pareja indisoluble, perfecta. La cultura de los pueblos es así: todo se relaciona. Así como Eduardo Ángeles Carreño, el anfitrión de esta celebración, “compone” este elixir, que es historia y familia, son estas mujeres quienes logran ese binomio vivo y trascendente


Food and mezcal, truth and beauty.

by Mariana Castillo Hernández

marcastillohernandez@gmail / @marviajaycome

The rhythm of the swing of pots has been in crescendo for at least two days now.

It is the fourth of February in Santa Catarina Minas, Oaxaca at the Candelaria “Palenque” (a mezcal distillery.) The “cocineras” (women cooks,) those women who continue the tradition of helping to feed others during village festivities, patiently watch over their pots.

“Coloradito” (a type of mole) with dried shrimp and white beans: this could be the name of a planet. Paula Ángeles and her incalculable age turn that wooden spoon, while the guests for the party celebrating the fourth anniversary of this place that smells of cooked maguey, slowly begin to arrive.

Zenobia, Francisca and more than thirty generous women feed more than stomachs: their hands speak a special language that can only be translated into deliciousness, that are not idyllic or unpolluted but have taken work, sweat, time, laughter, anger and sadness to create.

This is the beauty and the truth as said by that old musician from this time without time. Both are transparent and pearly like that “mezcal de pechuga” (a traditional style of mezcal served during parties) served through reeds.

Blows of life in an instant. What can be done in the face of it? They stir the stews, share their life stories, laugh and chat. This is the other party going on behind the celebration where few people take the time to come in and converse, thank or recognize the work of these women.

Some men help to carry the boiling pots to the serve the guests. They are companions and offer a bit of mezcal to help lift spirits and lighten the workload: some women accept, others no. There are those who are more serious, those who explain everything and those who comfort. To eat a taco there opens the doors to understanding without words what is sense of community.

Without these women there would be no tortillas, the ones that sponge up like clouds when the sky clears. Without their presence hunger would not be satisfied nor would the pleasure be felt of eating that which exists in no other place.

This is the unique over the homologated, the special that is endearing for being nearby.

Someone goes by with trays full of small plastic cups with “nieve” (oaxacan fruit sorbet.) “With this heat they go down real nice,” Paula says. In several groups,

spoon full by spoon full, this sweet is accepted with gratitude. While chatting about if their son is still working on the other side, if they haven´t met their grandkids yet, that the younger girls don´t help out like back in the day and that grandma doesn´t hear so well any more…their voices continue and give to these dishes the only thing necessary, a spirit of flavor and of context.

Heaps of stuffed local chili peppers, little potato cakes, scrambled eggs with cactus and dried shrimp, yellow corn “nicuatole” and preserved chick peas are swallowed from the other side. At long tables lines and lines of party guests serve themselves all that work by the spoon full. Are they aware that what they´re eating is the result of will, determination and hard work?

Those who say that in tradition there is not evolution or wisdom don’t know what they are talking about: there are alchemies distant from technology or prestige goods. It´s enough to hear how they achieve serving such quantities of food without salting it, how they multiply the ingredients so no one goes without on that day of hubbub, how they excite even the most incredulous.

Food and mezcal are an indissoluble couple. The culture in the village is like this: everything is related. Just as Eduardo Ángeles Carreño, the host of this celebration, “composes” this elixir, that is history and family, it is these women who achieve that living and transcendent binomial.