Fernando Lobo

Fue a mediados de los ochentas que al escritor Andrés Henestrosa se le ocurrió mencionar la existencia de una “escuela oaxaqueña de pintura”. Una conjetura literaria, una ocurrencia frente a algún periodista, en todo caso, uno de esos frecuentes momentos de exaltación regional. El enunciado resultó muy útil para producir un discurso  que más adelante generaría un mercado. La pintura oaxaqueña se presentaba como una marca con denominación de origen.

En 1996 el crítico británico Robert Valerio publica Atardecer en la maquiladora de utopías, colección de textos críticos ocupados en desmenuzar las contradicciones que se acumulaban alrededor la hipotética “escuela”. Para entonces, Henestrosa ya se había retractado con un “no me acuerdo”. Mientras la polémica continuaba, las galerías y los talleres se multiplicaban por la ciudad.

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Hoy pocos hablan de escuelas, y se habla mucho de mercado. Las nuevas generaciones se desmarcan de pasadas encrucijadas y aprovechan las condiciones locales (relativamente favorables) para insertarse en circuitos globales. Sin embargo, estas generaciones son, en cierto modo, producto de aquellas transiciones. Se ha ido formando, me parece, una tradición, en el más sencillo de los sentidos: saberes y prácticas que se intercambian y se replican en una determinada geografía.

En esas cosas pensé al mirar la obra de Eber, un artista hecho en Oaxaca, formado en talleres de pesos pesados como Juan Alcázar, Fernando Sandoval, Germán Venegas o Fernando Aceves, y que ha estado a cargo del taller de gráfica de la Curtiduría, y cuya obra promueve la galería Villafán.

A los cuadros de Eber hay que contemplarlos en silencio, como esperando un gesto. Siempre hay un gesto. Algo en las tonalidades sombrías, en la paciente labor de las veladuras, en la elección de las imágenes que devienen símbolos, en cierta melancolía soterrada, en el frágil instante de quietud previo al caos. Algo que también aparece en su obra gráfica, y que surge desde los fondos: la fascinación por las sombras, la misteriosa belleza de lo oscuro.  Hay, pues, una voluntad concentrada, un precoz estilo personal, cercano al romanticismo y lejos del exotismo.img_7940

¿De qué hablamos entonces cuando mencionamos, hoy, una tradición pictórica oaxaqueña? Supongo que la respuesta está en las técnicas, en los oficios. La pintura de Eber es la obra de un artista sólido, y también el resultado de un complejo proceso cultural.

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EBER

Fernando Lobo

It was in the mid-eighties when the writer Andrés Henestrosa mentioned the existence of a “Oaxacan school of painting”. A literary conjecture, an occurrence against a journalist, whichever of the two, it was one of those frequent moments of regional exaltation. The statement was very useful for producing a speech that would later create a market. Oaxacan painting was presented as a brand with designation of origin.

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In 1996 the British critic Robert Valerio published ‘Sunset in the utopian textile factory’, a collection of critical texts busy shredding the contradictions piled up around the hypothetical “school”. By then, Henestrosa had already recanted with an “I do not remember.” As the controversy continued, galleries and workshops multiplied in the city.

Today few talk about schools, but there is much talk of market. New generations alleviate themselves of the crossroads of past and take advantage of (relatively favourable) local conditions that can be inserted into global circuits. However, these generations are, in a way, a product of those transitions. It has formed, I think, a tradition, in the simplest sense: knowledge and practices that are exchanged and replicated in a given geography.

It is of those things I thought when looking at the work of Eber, an artist made in Oaxaca, made in the workshops of heavyweights like Juan Alcazar, Fernando Sandoval, Germán Venegas or Fernando Aceves, and has been in charge of the graphics workshop graph at the Curtiduria, and whose work promotes Villafán gallery.

The works of Eber contemplate in silence, as if waiting for a gesture. There is always a gesture. Something in the dark tones in the patient work of glazes, in choosing the images that become symbols; they are somewhat melancholy buried in the fragile moment of stillness before chaos. Something that also appears in his graphic work, and the funds arising from: a fascination with shadows, the mysterious beauty of the dark. There is thus a concentrated will, an early personal style, close to the romance and far from exoticism.

What do we mean when we mentioned today a Oaxacan pictorial tradition? I suppose the answer lies in the techniques, in the trades. Eber’s painting is the work of a solid artist, and also the result of a complex cultural process.