Los árboles que trazó el pintor sueco Carl Friedrich Hill (Lund, 1849– 1911) no sólo parecen estar vivos, sino que no dejan de transmitirnos la impresión de que estamos siendo observados por ellos. Al menos, es ésta una de las tantas sensaciones que nos transmite su obra. No tanto que, desde lo profundo del bosque, una mirada solitaria nos capte sin que podamos orientar su procedencia. Más bien que los árboles observan, que están ahí no tanto como “partes de la naturaleza”, sino como entidades. Presencias. Esta idea, que desliza sobre la mesa un estilo paranoico, tal vez tenga que ver con la actitud psicológica que tuvo su autor a lo largo de su existencia. Cuando uno se detiene ante sus paisajes, los árboles no se tornan necesariamente parte de una escenificación ornamental, sino que se reparten precisamente como actores de un complejo drama interior.

Una parte de la obra de Hill donde se denota esta situación es precisamente en su obra gráfica. Es probable que se deba a que hay una mayor rapidez en el gesto de un dibujante y por tanto queden los trazos como rasgos de una expresión más libre que los de una pintura. La obra pictórica de Hill, la dedicada al paisaje, resulta de suma belleza, de una tranquilidad luminosa, no en vano se le cita junto a Corot. Es probable que a partir de las crisis psicológicas que le invadieron cerca de los treinta años hayan cambiado por completo sus imágenes idílicas del campo por unas un tanto enigmáticas. A partir de este punto, podemos decir que Hill se convirtió no sólo en una gran influencia para el arte del siglo XX; también se volvió un “caso psicoanalítico” al presentar una clara ruptura entre lo que algunos llaman un “arte sano” y un “arte enfermo”.

Hill fue uno de esos artistas en los que la locura y la creación están fuertemente unidas. Diversos autores han señalado cómo la silenciosa y esquiva existencia del noruego contrasta precisamente con aquellas obras donde se denota una angustia, aunque también una explosión de ingenio y de vitalidad. Serge Fauchereau en En torno al art brut, escribe: “Tras su internamiento, la pintora Sigrid Hjerten y la escultora Camille Claudel cesaron toda actividad artística; otros dos artistas, los suecos Carl Fredrik Hill (1849—1911) y Ernst Josephson (1851—1906) nos desconciertan profundamente porque desde el día en que se sumieron en una enfermedad mental de la que no salieron, siguieron pintando y dibujando”. Agrega Fauchereau más adelante que tras su internamientos su “dibujo [tanto de Hill como Josephson] se libera del realismo y de la perspectiva, de las relaciones de proporción y de la verosimilitud de los colores, lo que podría convertirlos en precursores de un expresionismo fantástico”.
Hijo de un profesor de matemáticas, Carl Fredrik Hill estudió en la Academia de Bellas Artes de Estocolmo. Mantuvo correspondencia con August Strindberg, otro genio desesperado de la época, nacido en el mismo año. Vivió en París, donde causó un cierto revuelo, aunque no alcanzó la respuesta al mérito que su trabajo merecía. Sus últimos días (que se convirtieron en años y décadas, de 1883 a 1911) los pasó al cuidado de su madre y hermana en Lund, su ciudad natal, donde, como Hölderlin, parece haber vivido alejado para siempre del mundo. En esas profundas soledades, las de una silenciosa habitación, parece que el pintor se entregó a una especie de obsesión por los árboles y sus formas. Su obra gráfica es por aquello por lo que más se le conoce, donde mejor se reparten dichas figuras.

Las firmas en los cuadros de Carl Fredrik parecen hechos a partir de ramas de un árbol caído. O podrían ser, sin más, cinco tallos en crecimiento tras una catástrofe. A estas cinco líneas verticales, a Hill le bastaba colocar una sexta línea horizontal en medio de las dos primeras, como con un gesto simple. Uno de esos cuadros es precisamente un paisaje (con línea de horizonte y fondos verdes y amarillos) en el que por doquier “brota” la enigmática palabra HILL, que se está yendo hacia un lado, a punto de caer.

Hill incluso dibujaba a las personas como si fuesen figuras arborescentes. La gente aparece en posiciones por completo extrañas, como si danzaran de modo muy lento, como si se contorsionaran ante los espectadores. Pero son los brazos, alzados y un tanto torcidos, los que ejemplifican el carácter de un crecimiento vegetal. Pienso, por ejemplo, en Fem kvinnogestalter balanserande på krabbor, (S.F).

Los animales, los caballos y los alces o los elefantes, parecen tener corteza en lugar de piel, y sus dimensiones son completamente diferentes a los de los animales habituales, dándoles un aspecto inusual, sobredimensionados o contrahechos.

En En Bondgård i Champagne (1876) aparece una casa de campo semiderruida; por atrás un árbol se destaca por su negrura, como si estuviese “invadiendo” la vieja construcción (parece un árbol fantasma). Suena a una ensoñación, a un siniestro relato fantástico, aunque también hay un tinte de melancolía en sus piezas. La palabra siniestro viene siempre a la mente cuando uno admira los árboles de Karl Friedrik Hill, un artista del que poseemos escasa información en español, precisamente como si fuese un personaje irreal como los que solía dibujar.