Género: Poesía.

Odioso

En la primera sección del libro, “Odioso caballo”, un animal
es la metáfora de la divinidad; pero no se trata de una versión majestuosa y potente de la bestia, sino que Dios es un caballo viejo y sin dientes, cansado de cargar con nuestra mortalidad, cuyo mayor milagro es que nunca nadie lo haya visto nunca. La segunda sección, “Paterson la horrible”, suerte de diario de viajes, rinde un lúdico homenaje a William Carlos Williams, y registra las visiones que el autor experimenta cuando llega a la ciudad del poeta y describe sus calles, sus fantasmas literarios, sus sótanos y a las personas que la habitan. La tercera sección, “¿Cuánto pesa un caballo muerto?”, explota la riqueza metafórica de los equinos. En la siguiente, “Taller de Moris”, la obra de un artista plástico y, sobre todo, su lugar de trabajo, sirven de plataforma para que el poeta indague en las transformaciones que propicia la creación.

 

FRAGMENTO:
1
Hoy amanecí montado en Dios.
Dios es un caballo de edad indefinida,
de colores cambiantes:
al llover se despinta y en época de secas
asume lo polvoriento de interminables
caminos vecinales, para más tarde mostrar, en el
verano,
la voluntad de las selvas lluviosas
y lo asfixiante de los cielos rasos.
Al ubicarlo, nuestros ojos se tornan
sus esclavos y niegan haberlo contemplado
con sus crines al aire,
al margen de otro aire creado por él,
con proverbios y ensalmos donde nada escapa
a la robustez de las civilizaciones
que lo adoran.
Dios no hace milagros
porque su continua invisibilidad
es un milagro en sí,
además del miedo capital que podamos
tenerle si con nosotros
no resulta piadoso.
Las riendas de la fe nos tranquilizan
dentro de sus valores verdaderos.
Las espuelas de la templanza
nos permiten enloquecer por encima
de sacrilegios, y nuestro espíritu,
ya sin los temores del infierno,
se llena de alabanzas y de gozo.