La galería californiana Latin American Masters presentó, desde septiembre de 2017, una serie de exposiciones dedicadas a creadores fundamentales del arte latinoamericano actual: Fernando de Szyszlo (Lima, Perú, 1925—2017), Olga de Amaral (Bogotá, Colombia, 1932), Francisco Toledo (Oaxaca, México, 1940) y Arnaldo Roche (Puerto Rico, 1955). En el caso del artista mexicano se trata de una selección crítica de autorretratos, que puede verse hasta enero de 2018. Las piezas son, en general, obras pictóricas realizadas recientemente, piezas que combinan materiales como la lámina de oro y de plata, el óleo y el temple y que, como suele ocurrir cada vez que Francisco Toledo emprende una serie de pintura, son un acontecimiento para el espectador.
Cada cierto tiempo, Toledo vuelve a reencontrarse con su figura, uno de los grandes temas de su trabajo, junto con las formas zoológicas, la inspiración literaria, el erotismo o el arte de las culturas paganas, por nombrar sólo algunos.


Uno puede atribuir cierto aspecto biográfico a cualquier autorretrato; sin embargo, los de Francisco Toledo pertenecen al territorio de lo mitobiográfico.

Cuentan tanto la historia del individuo singular —que trata de revelar o desvelar el secreto de su propio rostro— del mismo modo que ilustran la simple y llana “historia del hombre”. La imagen que Toledo posee de sí mismo tiene que verse a la luz de diversos tiempos y escenarios: máscaras griegas y africanas, motivos prehispánicos, fragmentos de tumbas egipcias… En este conjunto de imágenes encontramos a la persona concreta que juega a buscarse en sus posibles existencias, en sus posibles formas (como araña, como gato, como trompo) y cuyos muchos rostros pueden transformarse en abstracciones y e incluso en fábulas. Como suele ocurrir con Francisco Toledo, hay siempre algo de narración, de relato en estas piezas.


¿Quién es “yo mismo”? Es ésta la pregunta que se levanta a través de cada una de estas pinturas. Cada persona —parece decirnos el artista mexicano— es todas las personas que existieron antes. Por eso nos parece que la vida de estos autorretratos se cumple en un tiempo mítico, evocan el mundo mitológico de las civilizaciones antiguas.
El pintor ha expresado que, al cumplir 77 años, lo que ha intentado hacer es “reflejar, en la medida de lo posible, el paso del tiempo sobre el físico… las barbas blancas, las arrugas.” Yves Bonnefoy ha escrito que es éste uno de los rasgos fundamentales del autorretrato, el de la conciencia de la trascendencia, la finitud humana que se revela, precisamente, contra la nada, contra la destrucción.

Y este es un momento fundamental en la carrera del artista, porque demarca una voluntad decisiva: a una edad en que la mayoría de los creadores han explotado sus fuerzas o se han retirado, Toledo sigue en pie de lucha. Prueba de ello no son sólo las últimas grandes exposiciones que ha tenido, como Duelo (Museo de Arte Moderno, 2015), Sobre papel, (Latin American Masters, 2016) o Yo mismo (IAGO, 2017). Tras los sismos que en septiembre devastaron comunidades enteras en el Istmo de Tehuantepec, Francisco Toledo, su familia y su equipo de trabajo se han movilizado para crear conciencia cívica,

aportar ideas y gestionar recursos propios y donaciones de cientos de personas a nivel mundial, crear decenas de cocinas comunitarias, y en este momento justo, para aportar ideas sobre la reconstrucción de las casas tradicionales del modo más ecológico y estético.


“Las luchas de los demás son más importantes que la nuestra”. Sin más, podría decirse que es este uno de los principios de la ética, al menos de una ética a la medida de nuestro tiempo. Si pudiera atribuir el origen de este pensamiento mínimo a alguien concreto podría decir que lo propició Francisco Toledo en un momento en que los partidos políticos pelearán por meses lo poco que queda de un territorio en ruinas: México.

Guillermo Santos


Francisco Toledo
in Latin American Masters

The California gallery Latin American Masters presented, since September 2017, a series of expositions dedicated to the fundamental creators of current Latin-American art: Fernando de Szyszlo (Lima, Perú, 1925—2017), Olga de Amaral (Bogotá, Colombia, 1932), Francisco Toledo (Oaxaca, México, 1940) and Arnaldo Roche (Puerto Rico, 1955). In the case of the Mexican artist, his is a critical selection of self-portraits that can be seen until January 2018. The pieces, in general, are pictorial works created recently, pieces that combine materials like gold and silver leaf, oil paints and the temple which, as often happens when Francisco Toledo undertakes a series of paintings, become a happening for the viewer.


Every so often, Toledo returns to rediscover himself with his own figure, one of the great themes of his work, together with zoological forms, literary inspiration, eroticism and art from pagan culture, just to name a few.
One can attribute a certain biographical aspect to any self-portrait; however, Francisco Toledo´s belong to the “mythical-biographic” territory. They tell the story of the singular individual – that tries to reveal or expose the secret of his own face – in the same way that they illustrate the plain and simple “history of man.” The image Toledo has of himself has to be seen in the light of diverse times and scenes:

Greek and African masks, pre-Hispanic motives, fragments from Egyptian tombs…in this set of images we find the concrete person who plays to find himself in his possible existences, in his possible forms (as a spider, as a cat, as a spinning top) and whose many faces can transform themselves into abstractions and even into fables. As often occurs with Francisco Toledo, there is always a bit of narration, of story telling in these pieces.
Who is “myself?” This is the question raised through each one of these paintings. Each person – the Mexican artist seems to tell us – is all of the people who have existed before.

This is why it seems that the life of these self-portraits passes in a mythical time; they evoke the mythological world of ancient civilizations.


The painter has expressed that, after turning 77, what he has intended to do is “reflect, as far as possible, on the passing of time over the physical…the white beard, the wrinkles.”
Yves Bonnefoy has written that this is one of the fundamental characteristics of the self-portrait, that of the consciousness of transcendence, the human finitude that is revealed, precisely, against nothing, against destruction.
And this is a fundamental moment in the career of the artist because it brands a decisive will: at an age when the majority of the creators has exhausted their strength or has retired, Toledo is still fighting.
The latest great expositions he has had, like Duelo (Modern Art Museum, 2015), Sobre papel, (Latin American Masters, 2016) or Yo mismo (IAGO, 2017) are not the only evidence of this. After the earthquakes in September devastated entire communities in the Istmo de Tehuantepec, Francisco Toledo, his family and his staff mobilized to create civic consciousness, contribute ideas and manage personal resources and donations from hundreds of people worldwide, create dozens of community kitchens, and in just the right moment, to share views about the reconstruction of the traditional homes in the most ecological and aesthetic way.

“The battles of others are more important than our own.” With out saying more, this could be classified as one of the principals of ethics, at least of an ethic made for our time. If we could attribute the origin of this thought at least to a concrete person it could be said that Francisco Toledo propitiated it in a moment when political parties will fight for months over the little that is left of a territory in ruins: México.

Guillermo Santos