Texto: Fernando Lobo. Fotografía: Fernando Arce.

“Es una vacilada”, repitió Ulises Torrentera, y se sirvió un madrecuishe. El mezcasiarca había consultado el Diccionario náhuatl-español. Basado en los diccionarios de Alonso de Molina de Marc Thouvenot, y el término “komil” no aparece ni con otra grafía. En cambio, la raíz me-xcalli, que se refiere al cocimiento del maguey, aparece ahí y también en el Diccionario de la mitología nahoa de 1905 y en el posterior Diccionario de Aztequismos o sea Catálogo de palabras del idioma Náhuatl, Azteca o Mexicano introducido al idioma Castellano. Yo hubiera podido agregar que “komil” tampoco existe en el Diccionario de Mexicanismos de Santamarina. Preferí seguir bebiendo.

Hace unos días se publicó en el Diario Oficial de la Federación un proyecto de Norma Oficial Mexicana que pretende designar con el nombre de “komil” a todo destilado de agave que se produzca fuera de la Denominación de Origen. Intento imaginarlos en alguna mesa ovalada de la Secretaría de Economía: los empresarios tequileros, los productores del mezcal industrial, los miembros de los consejos reguladores, el señor secretario y sus funcionarios, edecanes sirviendo café y galletitas. Algún entusiasta en mangas de camisa levanta la mano y dice: “que le pongan komil”. Aplausos. La escena es confusa. Los participantes no pueden percatarse de lo absurdo de la situación. No es cuestión de lógica, sino de negocios.

Sacarse un terminajo de la manga es, efectivamente, una vacilada. Pretender que las palabras agave y mezcal se privaticen, es más bien un despropósito. El proyecto incluye la prohibición explícita: “El Komil no debe ostentar en su información comercial referencia alguna a las variedades vegetales reconocida en la Denominaciones de Origen”.
Ahora intento imaginar algún viejo palenquero en una comunidad de Valles Centrales. Supongamos que elabora dobles destilados con especies silvestres, para obtener no más de sesenta litros. Ha sido paciente y es un experto. Es probable que esta vez consiga el mejor mezcal del mundo. Y su palenque tradicional no aprobaría las normas regulatorias ni en sueños. Lo que no logro imaginar es al burócrata que va a ir a decirle que su producto no es mezcal, y que las plantas que fue a cortar al cerro no son agaves. En ese pueblo lo han hecho igual desde hace 400 años, pero ya no es mezcal. Comparto la cara de extrañeza del palenquero.

“Es una total falta de respeto a las tradiciones”, sentenció Torrentera, y el vasito de madrecuishe se deslizó con levedad sobre la barra de latón. Yo hubiera podido agregar que la industria pretende convertir las palabras en mercancía, para cometer un despojo. Y que las palabras llevan en sí mismas un poder que no proviene del dinero. Preferí seguir bebiendo.

ENGLISH

“KOMIL”. Fernando Lobo. Fotografía: Fernando Arce.

“It´s a joke,” Ulises Torrentera repeated, and then served himself a “madrecuishe.” The mezcal expert had consulted the Náhuatl-Spanish Dictionary; based on the dictionaries of Alonso de Molina by Marc Thouvenot, and the term “komil” does not appear in any form. However, the root me-xcalli, that refers to the cooking of maguey, appears there as well as in the Dictionary of Nahoa Mythology from 1905 and later in the Dictionary of Aztecanisms, the catalogue of words for the Náhuatl, Azteca or Mexicano languages introduced to the “Castellano” language. I could have added that “komil” also does not exist in the Dictionary of Mexicanisms by Santamarina. But I preferred to keep drinking.

A few days ago, a project of Mexican Official Standard that aims to designate the name “komil” to all types of agave distillates that are produced outside of the appellation of origin was published in the Official Daily of the Federation. I try to imagine them in some oval table in the Department of Economy: the tequila tycoons, the industrial mezcal producers, the members of regulatory consulting firms, the department head and his staff, cocktail waitresses serving coffee and cookies. Some enthusiast in a dress-shirt raises his hand and says: “let them call it komil.” Applause. The scene is confusing. The participants cannot seem to notice the ridiculousness of the situation. It´s not a question of logic, but rather of business.

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To pull a big word like this out of your sleeve is, literally, a joke. To pretend that the words “agave” and “mezcal” can be privatized, is absurd. The project includes the explicit prohibition,
“El Komil shall not display in it´s labeling any commercial reference to the plant varieties recognized by the Appellation of Origen.”
Now I try to imagine some old mezcal producer in a village in the central valleys of Oaxaca. Supposing he makes double distillates with wild maguey species, to obtain no more than seventy liters. He has been patient and he´s an expert. It is possible that this time he creates the best mezcal in the world. And his traditional distillery would not be up to regulatory code even in his wildest
dreams. What I can´t imagine is the bureaucrat who will go and tell him that his final product is not mezcal, and that the plants he went to harvest are not agaves. In his village they have done it this same way for 400 years, but it can no longer be called mezcal. I share the bewildered face of the mezcal producer.

“It´s a total lack of respect for (mezcal) tradition,” Torrentera exclaims, as the shot of madrecuishe slides lightly across the tin bar.

I could have added that the industry aims to change words into merchandise, in order to ransack the market. And that words carry with them a power that does not come from money. But I preferred to keep drinking…