LA MÁQUINA

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La capacidad técnica de reproducir imágenes, originada en la antigüedad con el grabado en madera y perfeccionada en la edad media con el grabado en cobre y el aguafuerte, modificó para siempre el modo en que el espectador se relaciona con las obras de arte. Mediante el desarrollo de la litografía a comienzos del siglo XIX, la reproducción alcanzó un nivel completamente nuevo. El pensador alemán Walter Benjamin describiría el fenómeno en un ensayo titulado La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica, escrito en 1936: “El procedimiento mucho más conciso que diferencia a la transposición del dibujo sobre una plancha de piedra respecto del tallado del mismo en un bloque de madera, o de su quemadura sobre una plancha de cobre, dio a la gráfica por primera vez la posibilidad de que sus productos fueran llevados al mercado no sólo en escala masiva (como antes), sino en creaciones que se renovaban día a día. Gracias a la litografía, la gráfica fue capaz de acompañar a la vida cotidiana, ofreciéndole ilustraciones de sí misma”.

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Según Benjamin, aún en la más perfecta de las reproducciones hay algo que siempre queda fuera: la autenticidad. “El aquí y ahora de la obra de arte, su existencia única en el lugar donde se encuentra”. A estas alturas de la modernidad, tal vez habría que revisar tales conceptos.

img_0844-copyEn el año 2014 el prestigiado maestro impresor Christian Bramsen renovaba tecnologías en su taller de Paris, así que ofreció una de sus antiguas prensas litográficas a su colega y amigo Francisco Limón, grabador autodidacta radicado en Oaxaca. Para Limón, regresar a México con una máquina  Voirin fabricada en los años veinte, única en su tipo en América Latina, resultaba seductor. Transportar nueve toneladas de hierro colado de París al puerto de Le Havre, de ahí a Veracruz y finalmente a la ciudad de Oaxaca, significó un desafío mayúsculo. El verano de este año y con el auxilio de una grúa de construcción, la Voirin fue instalada sobre su tarima definitiva en el Taller de Gráfica La Máquina, ubicado en el barrio de San Felipe.

img_0841-copyLa Voirin es una criatura prodigiosa de otros tiempos, un bello y negro monstruo sobreviviente de la era industrial, que se comunica con sus operadores a través de sonidos emitidos por engranes, bandas, poleas, cilindros, ejes. Bramsen escucha. Vino desde París para cuidar las impresiones inaugurales, litografías de Guillermo Olguín, Raúl Herrera y Doctor Lakra. Tiene una llave de tuercas en la mano y escucha. La máquina se afloja, no se rompe. Es necesario ajustar, lubricar, escuchar. La máquina fue diseñada en un tiempo entre dos guerras, un tiempo en que las cosas, irónicamente, se hacían para durar.

img_0834-copyPienso en las sentencias de Benjamin, contemporáneo del artefacto, y pienso también en los millares de etiquetas, ilustraciones, carteles, panfletos publicitarios que estas máquinas produjeron, durante décadas, al ritmo frenético de la revolución industrial, durante los albores de nuestra sociedad de consumo.

Por uno de sus extremos, la máquina va expulsando obras de arte. El dibujo con ceras sobre piedra caliza produce una viveza y una definición inalcanzables para otras técnicas analógicas. Después de sobrevivir a recesiones, guerras, innovaciones tecnológicas y posibilidades de fundición, la máquina ha encontrado un aquí y ahora, una existencia única en el lugar donde se encuentra. Lo que produce es auténtico.

 

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LA MAQUINA

Fernando Lobo

The technical capacity to reproduce images was developed in ancient times with woodcuts and was perfected in the Middle Ages with copper engravings and etchings, forever changed how the viewer relates to the art works. With the development of lithography in the early nineteenth century, reproduction reached a whole new level. The German philosopher Walter Benjamin described the phenomenon in an essay entitled ‘The Work of Art in the Age of Mechanical Reproduction’, written in 1936: ” This much more direct process was distinguished by the tracing of the design on a stone rather than its incision on a block of wood or its etching on a copperplate and permitted graphic art for the first time to put its products on the market, not only in large numbers as hitherto, but also in daily changing forms. Lithography enabled graphic art to illustrate everyday life, and it began to keep pace with printing.”

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According to Benjamin, even in the most perfect of the reproductions there is always something slightly out: authenticity. “Its presence in time and space, its unique existence at the place where it happens to be.” At this stage of modernity, perhaps we should review these concepts.

In 2014 the prestigious Christian Bramsen renewed master printer technologies in his workshop in Paris, so he offered one of his old lithographic presses his colleague and friend Francisco Limon, a self-taught writer based in Oaxaca. For Limon, the prospect of returning to Mexico with a Voirin machine, manufactured in the twenties and unique in its kind in Latin America, was seductive. Carrying nine tons of cast iron from Paris to the port of Le Havre, then to Veracruz and finally to the city of Oaxaca, meant a major challenge. During the summer of this year and with the help of a construction crane, the Voirin was installed in its final location in the Taller de Grafica La Maquina located in the district of San Felipe.

img_0819-copyThe Voirin is a prodigious black monster and survivor of the industrial era, which communicates with its operators through sounds emitted by gears, belts, pulleys, cylinders, shafts: a beautiful creature of old. Bramsen listens. Wine from Paris to care for the inaugural prints, lithographs by Guillermo Olguin, Raul Herrera and Dr. Lakra. With a wrench in hand one listens. The machine is loosened; it does not break. You need to adjust, lubricate, listen. The machine was designed in a time between two wars, a time when things, ironically, were made to last.

I think the judgments of Benjamin, the contemporary artifact, and also think about the thousands of labels, illustrations, posters, advertising pamphlets that these machines produced for decades, the frenetic pace of the industrial revolution, during the dawn of our consumer society.

At one end of the spectrum, the machine is driving artworks. The drawing with wax crayons on limestone produces a vividness and definition unattainable for other analogue techniques. After surviving recessions, wars, technological innovations and possibilities of being smelted, the machine has found a here and now, a unique existence at the place where it is. What occurs here is authentic.