Por Mariana Castillo
marcastillohernandez@gmail.com

Las hamacas del Istmo de Tehuantepec son importantes: en ellas se reposa cuando el calor del día arrecia, son lugar para los arrumacos de los enamorados y hasta son cama para dormir en su vaivén y sus colores.

Sara Gallegos pertenece a una familia de cuatro generaciones de hamaqueros en Juchitán y fue la maestra de un taller de elaboración de hamacas en Asunción Ixtaltepec que tuvo como fin reunir y compartir. Además de ser objetos íntimos y característicos de algunos estados en México, son parte de la esencia en esta región oaxaqueña y no deben olvidarse.

Gracias a este viaje supe que existen varios tamaños: las individuales, las de pareja o las familiares, y es que en ellas se reúne la charla, el descanso y esos apapachos de la cercanía. Las hamacas son como un vientre cálido y una cuna que acoge a sus hijos.

Talleres para sanar y unir

Después del terremoto del 7 de septiembre de 2017, el de mayor magnitud que se haya registrado en México en los últimos cien años, hubo un cambio en la vida para los istmeños.

Una Mano Para Oaxaca, asociación civil conformada por Perseida Tenorio, Quitterie Ducret y Alejandra Rosado han estado gestionando acciones y actividades desde esa fecha, como la reconstrucción de hornos de pan y clases de oficios tradicionales, entre otros, con el fin de sanar el tejido social posterior a la tragedia.

No es dato menor mencionar que fueron 41 municipios de la zona los que resultaron afectados y en los que el duelo sigue siendo el pan de cada día, pues tanto las pérdidas humanas como las materiales y las afectaciones fueron muchas, pero precisamente quienes siguen en estas poblaciones buscan reponerse a través de lo comunitario, para que ese jolgorio que fluye en la sangre oaxaqueña siga muy vivo.

Lo hecho a mano

Perseida y Quitterie conocieron a Sara cuando vendía sus hamacas en el legendario Bar Jardín de Juchitán. Le propusieron dar un taller para enseñar este oficio y ella aceptó. “Si desconoces el trabajo, no lo valoras”, opina la sonriente teca. Ninguna de sus ocho alumnas ni su único alumno sabían cómo hacer una hamaca al inicio del taller, pero al final cada uno acabó la suya.

“Me duele cuando la gente regatea. Los únicos que a veces aprecian nuestro trabajo son los extranjeros. Ellos entienden el esfuerzo, el dolor de espalda, el amor y la gracia que uno tiene en esto… ¡pasamos tanto como para que las malbaratemos! Eso sí: la gente compra los productos chinos o los de una tienda aunque estén caros. ¿Por qué a nosotros no nos quieren pagar lo justo?”, se pregunta.

Para hacer una hamaca se necesita una inversión aproximada de $2,000 pesos y utilizan instrumentos como una devanadera, una escuadra y un bastidor, así como agujas, hilo, encendedor y tijeras. Los costos de las hamacas van de los $600 hasta los $2,000 pesos, dependiendo el tamaño y el material. El ardor de los dedos y hasta que les salgan callos es algo que va implícito, que se acepta. También el tiempo que cada quien tarde en su labor es parte de su dificultad.

El valor de una hamaca

Alejandra Huerta, Reyna Toledo, Luz Antonio, Silvia Aguilar y Deyanira Marcos son algunas de las pupilas de Sara, y cada una tiene diferente edad y carácter. Las conocí al calor de medio día, entre albures en zapoteco y español, chistes y risas, en el patio de la casa de esta fundación que gestionó su encuentro. Al final, llegó el único hombre del grupo: Julián Gerónimo Guzmán.

La convivencia femenina es algo común en los ámbitos cotidianos, en las fiestas y hasta en los funerales istmeños, pero también es vital lograr que los saberes no solo se queden en familia sino que lleguen a otros que quieran aprender y compartir. “Agarrarle el ritmo de cómo darle a la hamaca” fue un proceso que algunas lograron más rápido que otras, pero el chiste era saber que era posible.

“Nunca me imaginé hacer una hamaca y me siento muy orgullosa de mí misma, de mis compañeros”, expresó Luz. “Uno ve todo tirado y piensa que nunca se puede levantar, pero como dicen los abuelos: el orgullo es muy fuerte y hay que levantarse siempre y agradecer que hay juventud que aún piensa en el bien del pueblo y su comunidad”, dice Silvia.

La fuerza de la mujer istmeña

Quizá una de las ideas generales que existen en el Istmo es que hay un matriarcado, pero esta realidad tiene otras interpretaciones menos simplistas y complejas. Sí, las mujeres son el eje de sus casas, pero ellas atraviesan diferentes problemáticas en los entornos íntimos y externos.

“Si no nos movemos nosotras, ellos no se mueven. Aquí en este pueblo hay mucho machismo. Que si ya no estamos en la casa es porque ya tenemos un querido, o nos dicen que los abandonamos. La verdad que a mí me gustó estar con ellas “relajeando”, confesó Reyna.

“Somos la base de todo aunque los hombres se crean que son ‘lo más’. Nosotras hacemos mucho porque, independientemente de un trabajo, llegamos a barrer, a cocinar y en la noche todavía ‘quieren su calentadita’ –opina Silvia–. Algunas están solas sin el marido, otras son padre y madre a la vez, y a algunas sí las apoyan sus maridos. Pero, la verdad es que somos las mejores y las que tenemos en su lugar todo”, agrega.

La vida en el Istmo

Al observarlas, ellas llegaron ataviadas y hermosas. Para una mujer istmeña es un orgullo portar la ropa típica. “Las mujeres de antes no usaban ni brassiere ni calzones: la ropa iba directo. E iban descalzas o con huaraches con este calorón”, narra Silvia.

Los platillos típicos y su preparación salen al tema, y es que la hora de la comida se acerca. Se van antojando guisos como el zee belá bihui o mole de maíz con cerdo y achiote, o los gueta bi’ngui’, una gordita de maíz martajado, camarón seco, chile y manteca.

Cada una tiene sus secretos, sus maneras de hacerlos pero una máxima es que “todo mundo debe tener comixcal”, dice Luz. Y en efecto: hasta Deyanira, la primera que terminó su hamaca y la más chiquita del grupo, tiene este tipo de horno tradicional.

Apoya a las tejedoras

Diferentes generaciones se unieron en este taller, que no solo les sirvió para salir de la depresión o la ansiedad de vivir una catástrofe común, sino que ahora pueden generar ingresos a través de la venta de hamacas, así como darse cuenta de sus propias capacidades.

Este grupo estuvo cinco semanas reunido. Se retaron a acabar estas piezas, que ahora se venden y que se seguirán confeccionando como parte de una cooperativa llamada Manos de Sol, que busca preservar este oficio tradicional, junto con otras compañeras que se dedican al bordado.

Si quieres apoyarlos checa su tienda en línea.

La mejor manera de sanar el Istmo (y el país) es a través de la convivencia y los proyectos sociales que cohesionan. Qué mejor si la labor se hace a través de algo entrañable y que da identidad como estas hamacas tejidas entre esperanza y legado.

Originalmente publicado el 1 de junio de 2018 en blog.seccionamarilla.com.mx

Isthmian hammocks that weave hope

By Mariana Castillo
marcastillohernandez@gmail.com

The hammocks of the Isthmus of Tehuantepec are important: it is in them that they rest during the heat of the day, the place for ruined lovers and even for the son to sleep in its swing and surrounded by its colors.

Sara Gallegos belongs to a family of four generations of hammock-makers in Juchitán and was the teacher of a large workshop for the production of hammocks in Asunción Ixtaltepec, which had the purpose of gathering people together and sharing ideas. Besides being intimate and characteristic objects of some states in Mexico, they are part of the essence of this region of Oaxaca – and that shouldn’t be forgotten!

Thanks to this trip I learned that there are several sizes: single, doubles (for couples) or family-sized, and that is where they meet to talk, rest and those close family hugs. The hammocks are a warm belly and a crib that welcomes their children.

Workshops to heal and unite

After the earthquake of September 7, 2017, the largest that has been registered in Mexico in the last hundred years, there was a brusque change of life for the people of the Isthmus.

“Una Mano Para Oaxaca”, a Civil Association formed by Perseida Tenorio, Quitterie Ducret and Alejandra Rosado have been managing actions and activities since that date, such as the reconstruction of traditional classrooms and crafts, among others, in order to heal the social fabric of the community after the tragedy.

It is not a small detail that there were 41 municipalities in the area which were affected. The pain of that day continues because of both the human and material losses. However, precisely because of this the population seek to recover through community activities: the revelry that flows in the Oaxacan blood remains very strong.

What is made by hand

Perseida and Quitterie met Sara when she sold her hammocks at the legendary Bar Jardín de Juchitán. They asked her to give a workshop to teach this trade and she accepted. “If you do not know the work, you do not value it,” says the smiling woman. None of her eight female students nor her only male student knew how to make a hammock at the beginning of the workshop, but by the end everyone finished theirs.

“It hurts when people bargain over the price. The only people who sometimes appreciate our work are foreigners: they understand the effort, the back pain, the love and the grace that one puts into this … we spend so much time working but the people feel they can reduce the price! Yes, people buy Chinese products or things from a store even if they are expensive. Why do not they want to pay us the right price? ” she asks.

To make a hammock requires an approximate investment of $2,000 pesos and instruments such as a winder, a square and a frame are used, as well as needles, thread, lighters and scissors. Hammock costs range from $600 to $2,000 pesos, depending on the size and material. The burning of the fingers and the corns that breakout because of this work is something that is accepted. Also, the time each person takes in their work is part of the problem.

The Value of a Hammock

Alejandra Huerta, Reyna Toledo, Luz Antonio, Silvia Aguilar and Deyanira Marcos are some of Sara’s pupils, and each one has a different age and character. I met them in the midday heat, between ‘albures’ in Zapotec and Spanish, jokes and laughter, in the courtyard of the house of the foundation that organized their meeting. At the end, the only man in the group arrived: Julián Gerónimo Guzmán.

Female coexistence is common in everyday activities, at parties and even at funerals in the Isthmus, but it is also vital for knowledge not only to remain in the family but to reach others who want to learn and share. “Grasping the rhythm of how to make the hammock” was a process that some achieved faster than others, but time was what important was to know that it was possible.

“I never imagined making a hammock and I feel very proud of myself, and of my colleagues,” Luz said. “You see all the pieces and you think you can never fix it up, but as grandparents say: pride is very strong and you have to always get up and be thankful that there are young people who still think about the good of the people and their community,” says Silvia.

The strength of the Isthmian Woman

A test of the general ideas that exist in the world, in the Isthmus there is matriarchy. But, this reality has other interpretations less simplistic and much more complex. Yes, women are the key to their homes, but they go through different problems in internal and external environments.

“If we do not move ourselves, others do not move.” Here in this town there is a lot of machismo. They say that we are no longer in the house because we have a lover, or they tell us that we abandoned them. The truth is that I liked being with the other women “relaxing”, Reyna confessed.

“We are the basis of everything even though men believe they are ‘the best’; we do a lot because, regardless of having a job we also have to sweep, to cook, and in the evening, they want some love, too”, Silvia suggests. “Some are alone without a husband, others are father and mother at the same time, and some are supported by their husbands. But, the truth is that we are the best and we have everything in order”, she adds.
Life on the Isthmus

When observing them, they arrived dressed and beautiful. For an Isthmian woman, it is a thing of pride to wear the typical clothes. “The women from before did not wear brassieres or panties: the clothes went straight on. And they went barefoot or with huaraches – and in this heat”, explains Silvia.

The typical dishes and their preparation are part of the conversation when lunch time approaches. They go craving stews like the ‘zee belá bihui’ or mole made of corn with pork and achiote, or ‘gueta bi’ngui’, made with corn, dry shrimp, chili and butter.

Each one has its secrets, its ways of making it but one maxim is that “everyone must have comixcal,” says Luz. And in fact even Deyanira, the first to finish her hammock and the smallest in the group, has this type of traditional oven.

Support the weavers

Different generations joined in this workshop, which not only served to relieve the depression or the anxiety of living through a common catastrophe, but also to generate income through the sale of hammocks, as well as realize allowing the participants to learn their own capabilities.

This group was convened for five weeks. They were challenged to finish these pieces, which are now sold and will continue to be made as part of a cooperative called ‘Manos de Sol’, which seeks to preserve this traditional trade, along with other colleagues who are engaged in traditional embroidery.

If you want to support them you can check out their online store.

The best way to heal the Isthmus (and the country) is through coexistence and social projects that unite people. What can be better if the work is done through something endearing and that creates identity, just as these hammocks have woven a link between hope and legacy.

Originally published on 1 June 2018 in blog.seccionamarilla.com.mx