Por: Fernando Lobo 

 Hay cierta poesía que se construye desde la memoria. Me refiero no sólo a un conjunto de recuerdos personales, sino también a la memoria de los pueblos, una forma de comunicación con el pasado a través de prácticas que edifican tradiciones. El pueblo, el lugar y su gente, son la memoria. Natalia Toledo (Juchitán, 1967), tal vez mejor que nadie, sabe cosas acerca de este asunto. Tal vez hicieron falta algunos conjuros para que el poema alcanzara la remota evocación del parto:

“Nací rompiendo las telas del alba/ y la seda de mi madre./ Una hilera de niños/ mojaron paredes con su orín/ ahuyentando a los malos espíritus.”

O de la primera infancia y sus cómplices:

“Nadar en Lachi’xoopa era pelear/ con un ejército de sapos,/ un estanque lleno de niños y reptiles./ Las lagartijas eran insuficientes/para la resortera de Jerónimo.”

“Veo a mis hermanos en el tiempo/ a la orilla de un río semiseco.” 

O de la gente del pueblo, como Doña Aurea (vendedora de comida, dulces, y en su juventud montaba caballos):

La alegría de Na Aurea es/ todos los tambores entrando a la iglesia,/ un conjunto de grillos para siempre./ La alegría de Na Aurea es/ el grito de una sirena olvidada.

Así, la poetisa transmuta en memoria. Ella misma es lo que recuerda:

“Soy una nariz que huele el adobe de la casa de enfrente/ un patio y todas sus casas./ Una fotografía regañada./ Un trazo delgado en medio de la selva”.

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Tales formas de hechizo poético conllevan, eso sí, el peso de una nostalgia profunda:

“Sin embargo, extraño pararme en el sol,/ regalar dulces en un callejón lleno de pescadores y lodo,/ extraño el canasto de mis múltiples oficios,/ a la niña habladora y despeinada;/ extraño las cosas que aprendí descalza/ bajo un tamarindo que contaba historias.

Y al final, después de los conjuros y las mutaciones en el tiempo, siempre queda una pregunta sobre el destino, y una promesa de retorno:

“En todas las estaciones estoy en el sur”

“Cruzaré la plaza, el Norte no me detendrá,/ llegaré a tiempo para abrazar a mi abuela antes que caiga la última/ estrella./ Volveré a ser la niña que porta en su párpado derecho un pétalo amarillo/la niña que llora leche de flores/ A sanar mis ojos iré.”

By: Fernando Lobo 

There is a certain kind of poetry that constructs memory.  I´m referring not just to a collection of personal memories, but also the memory of a village, a form of communication with the past through practices that construct tradition.  The village, the place and its people, are a memory.

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Natalia Toledo (Juchitán, 1967), maybe better than anyone, knows about this type of memory.  Maybe some incantations were lacking for the poem to reach the remote evocation of her delivery:

“I was born ripping the birthing blankets/ and my mother´s silk. / A row of little boys/ soaked the walls with there urine/ driving away the bad spirits.”  

Or of early childhood and its partners in crime:

“Nadar en Lachi’xoopa era pelear/ con un ejército de sapos,/ un estanque lleno de niños y reptiles./ Las lagartijas eran insuficientes/para la resortera de Jerónimo.”

“Veo a mis hermanos en el tiempo/ a la orilla de un río semiseco.” 

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Or about the village people, like Doña Aurea (seller of food and sweets who in her youth rode horses)

La alegría de Na Aurea es/ todos los tambores entrando a la iglesia,/ un conjunto de grillos para siempre./ La alegría de Na Aurea es/ el grito de una sirena olvidada.

In this way, poetry transmits through memory.  This is what she herself remembers:

 “Soy una nariz que huele el adobe de la casa de enfrente/ un patio y todas sus casas./ Una fotografía regañada./ Un trazo delgado en medio de la selva.

Such forms of poetic spell carry the weight of a profound nostalgia.

 “Sin embargo, extraño pararme en el sol,/ regalar dulces en un callejón lleno de pescadores y lodo,/ extraño el canasto de mis múltiples oficios,/ a la niña habladora y despeinada;/ extraño las cosas que aprendí descalza/ bajo un tamarindo que contaba historias.

And finally, after the voodoo and the mutations of time, we are always left with a question about destiny, and a promise of returning.

 “En todas las estaciones estoy en el sur

Cruzaré la plaza, el Norte no me detendrá,/ llegaré a tiempo para abrazar a mi abuela antes que caiga la última/ estrella./ Volveré a ser la niña que porta en su párpado derecho un pétalo amarillo/la niña que llora leche de flores/ A sanar mis ojos iré.”