TRINE ELLISTGAARD

Fernando Lobo

Visitar la exposición Tekstiles de Trine Ellistgaard en el Centro Cultural San Pablo, conduce a una reflexión sobre la relación del arte y la vida cotidiana. Por un lado, la concepción “occidental” de arte separa la obra artística de cualquier función práctica: la pieza está ahí para ser vista y admirada, y nada más. Por otro lado persiste la ancestral costumbre de elaborar utensilios bellos y rodearse de ellos, y así se va formando el patrimonio de todas las culturas. ¿En dónde, si existe, aparece la línea divisoria entre lo útil y lo estrictamente “artístico”?

Por supuesto la curaduría, la sala y las piezas corresponden a la definición contemporánea de “bellas artes”, y hay además una elegante fusión con el diseño. “Mi trabajo es muy minimalista y muy simple, es el idioma que me gusta”, declara Trine al respecto (en 2013 fue nombrada diseñadora textil del año por la revista Casa Viva). Sin embargo, la presencia de los textiles nos lleva a pensar en el sentido útil de una tela: un manto protector, algo que nos aparta de las inclemencias naturales, o algo que también nos oculta de la mirada de los demás. Hay en el trabajo de Trine una tradición viva: la práctica del telar es parte esencial de toda cultura. La tejedora parte de los materiales. Es el material el que le proporciona la idea. Después esa idea se resuelve en el telar.

A diferencia de un lienzo, una pieza textil incita a ser tocada. Tekstiles exhibe toda una fascinación por las texturas. Los materiales empleados provienen de recorridos que la artista ha realizado, explorando posibilidades por mercados del mundo: seda, cobre, hilo de vidrio, henequén, bambú, pelo de caballo o intestinos de cerdo para hacer embutidos, adquiridos en Portugal.  A la sobriedad de los trazos, se antepone la exhuberancia de lo orgánico. A lo visual, se suma lo táctil.

Tekstiles es, en fin, una suma de tradiciones. Trine se formó como tejedora en su natal Dinamarca, y de hecho aún trabaja con un telar que se trajo hace veinte años desde allá. Apunta el escritor Michael Sledge: “En su estudio prevalece una serenidad nórdica”. Tal serenidad se confronta al salir al bullicio cotidiano de Oaxaca: “… el rico, anárquico tejido de Latinoámérica que amenaza a cada momento con sobrecargar los sentidos”. El resultado de esta fusión sensitiva es un delicado equilibrio entre discresión y exhuberancia.