Con Yurugu, la Galería Manuel García inaugura su nueva sede en la calle de Murguía 103.

La estética semiderruida del lugar, la mirada hacia la arquitectura original, la repartición de las salas de exposición —a veces sin techo y con ligeras remociones— ofrecen una composición distinta de lo que comúnmente entendemos como espacio de arte en la ciudad de Oaxaca. A ello sumaríamos la naturaleza de la exposición y su curaduría: aunque amplio, el conjunto está bien equilibrado y repartido a través de las distintas salas como si se abrieran las habitaciones de un excéntrico anticuario. El doctor Lakra y el antropólogo René Bustamante han reunido en torno a ese jardín tenebrista un conjunto de objetos rituales, como máscaras y escudos africanos (coleccionadas por Bustamante) con piezas eminentemente contemporáneas, como esculturas en madera o hierro e imágenes intervenidas (de Lakra) además de otros objetos.

El texto de sala, de Bustamante, refiere que“cada una de las obras (…) está cargada de símbolos y conceptos que buscan mostrar lo invisible. Su fuerza e impacto visual y estético provienen de esa carga simbólica, precisamente transmiten ideas y conceptos que van más allá de lo cotidiano y utilitario”. Si para los dogón de Mali, Yurugu es una entidad de la que no puede decirse que sea un dios, un animal o un humano, lo único que nos quedaría por afirmar es que se trata de un demonio. De inmediato se nos informa que siembra el caos y los conflictos entre los hombres, quizá confirmando un poco nuestra sospecha.

Hay toda una gradación de lo demoniaco, acaso del mismo modo en que hay una gradación casi infinita de dioses: como si mirar la historia humana fuese atravesar un muestrario con todos los colores posibles y sus variaciones. José Bergamín, por ejemplo, nos recuerda que nombramos demonios a esos mediadores celestes que, al interceder entre nosotros y los dioses se equivocan atrozmente, causándonos terribles penalidades; en cambio, no es inusual llamar ángeles a aquellos seres cuya mediación nos convoca la fortuna y la felicidad.

No hay que olvidar, tampoco, que uno de los rasgos característicos de los seres demoniacos es, también, el del juego, el humor, el poner decabeza conceptos y valores, la trasgresión de ciertos límites. Así es también como “actúa” Yurugu: su naturaleza demoníaca convoca la reconfiguración de un conjunto de visiones a través de las esculturas de Lakra y en la elección de objetos que no son necesariamente de un mismo tiempo o espacio pero denotan un mismo fluir o acontecer, como si todo ocurriera “al mismo tiempo”. Podríamos decir, sencillamente, que existe un diálogo entre la antigüedad y el presente y que este diálogo transgresor se cumple en un territorio estético, sus resultados son fundamentalmente artísticos; y que, sin embargo, la exposición logra sembrar dudas acerca de si los diversos estamentos con los que solemos etiquetar ciertos tiempos y realidades no difieren esencialmente de nuestra manera de ser o actuar. Lo interesante de Yuguru no es que parezca representar un mito o un conjunto de mitos o que invite a reflexión desde un exterior que cree superado diversos conceptos mentales o contextos que, burdamente, sospechamos ajenos. Esta colección de objetos y piezas de arte se mueve en un diversos esquemas, podríamos decir, míticos, arcaicos, espirituales, porque la fuerza de los simbólico la atraviesa.

Yurugu trata de promover la invención de nuevos símbolos en una cultura completamente anómala, una cultura en la que puede haber equivalencias entre la cabeza de Darth Vader, el cuerpo del Buda, la columna sin fin de Brancusi, los tótems de los indios americanos, ciertos perfiles eróticos y de la época romántica en Europa o hoces de fisonomía irregular. Esa cultura anómala de la que hablamos, podría ser, sin más, el extraño escenario de la mente humana.

Guillermo Santos

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